Me cogió la cara y me miró de frente, como si acabase de descubrir mi presencia: ¿Y tú quién eres? ¿Qué haces aquí con mis niñas? ¡Fuera, fuera, cabrón de hombre!

Corrí por la cuesta del Monte Alto sin mirar hacia atrás. Por los roquedales del Orzan, jugando a escapar de las olas, encontré a mis amigos.

Hostia, tío, ¿dónde te habías metido?, preguntó Uri.

Fui a dar una vuelta por ahí, comenté como de pasada.

Esa vieja es una bruja, dijo Uri. Suerte que no te pillase. Dicen que fue una puta.

Yo me reí nervioso y puse cara rara. ¿Una puta?

De joven era muy guapa. Demasiado linda. Lo oí decir en el bar de Amando. Se la folló todo dios. Eso decían. Se la pasó por la piedra medio mundo. Más puta que las gallinas.

Ahora nos moríamos de risa. Era una palabra que nos hacía reír, esa de puta unida a la de gallina. Y después me fui de allí por el arenal, y arrojé una concha contra la estela de brillo que el sol pinta en el mar.

La concha fue dando saltos hasta hundirse.

La barra de pan

Tras el entierro, en el cementerio de San Amaro, habíamos ido al Huevito y luego al bar David para brindar por el alma difunta. Había muerto la madre de Fontana. Él estaba muy apesadumbrado, como si el peso de la caja continuase aún allí, en su espalda, y con ese aire de dolor culpable que tienen los hijos cuando se les va la madre. En su caso, la madre había tenido Alzheimer y confundía a su hijo con el hombre de la información meteorológica en la televisión.

¡Mira qué formal está!, decía ella. Y le mandaba un beso soplando en la palma de su mano hacia la pantalla.

Fontana interpretaba aquella desmemoria como una señal de protesta, de acusación indirecta por sus largas ausencias. Estaba soltero como todos nosotros y le iba la bohemia. Le llegó a tener mucha antipatía al Hombre del Tiempo. Hasta que O'Chanel le dijo un día: Es que se parece a ti, Fontana. Es igualito a ti.



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