
Fue entonces cuando alzó la mirada hacia el espejo y vio el áura poblada de moscas.
Pero en aquella habitación de hotel, con las contras cerradas para que no entrase el mundo, no había moscas.
¿Por qué haces eso?, le preguntaría mucho después Bastían.
Bastían era ciego, pero sentía como vendaval próximo las aspas de un alma gemela y agitada.
Para espantar las moscas, dijo ella. Y era la primera vez que reconocía en voz alta la naturaleza de su tic.
Mireia, y estamos aún en el aeropuerto, se dejaba llevar por la cinta mecánica, somnolienta pero tensa como un topo que olfatease la repentina luz. Durante el largo viaje de vuelta, su cuerpo, rendido, se quejaba por estar atado con una amarra obstinada a aquella cabeza en vigilia que cuando cerraba los ojos, sólo conseguía ocultar en parte la cicatriz de la tierra rojiza con un gris de humo. El sueño soñaba una paz imposible de terciopelo negro. Ahora, en el travelling de la cinta mecánica, Mireia notó que una adición de gris plata despejaba el gris ahumado. Y a continuación, como un revelado de Polaroid, el tropel alegre y bullicioso de los colores publicitarios se apropió de su mirada. Hasta que el rostro se le cubrió otra vez de moscas y tuvo que espantarlas con el tic de su mano.
Hablando de colores, en el baño de la casa de Mireia había un frasco de sales que le dan al agua un tinte azul báltico. La bañera, desde dentro, es ahora como un mar azulísimo en calma. Ella está sumergida. Juega, como cuando era niña, a resistir.
