
Para llenar la casa de compañía puso una música querida, la que le esperaba con los brazos abiertos, con Nick Cave cantando Into my arms, oh Lord, pero, bajo el agua, es una voz de silabeo metálico la que la perturba.
Tenemos el archivo lleno de niños hambrientos con moscas en la cara. Ésta, ésta por lo menos es diferente. Un brazo que pide auxilio entre un montón de muertos. Ésta sí que es buena. La de dios. De puta madre. Como una bandera de carne.
La imagen se frota, azulada, con una contrapágina de Rolex de oro.
Mireia recuerda el día de aquella foto. Quería ir en ayuda de aquel brazo de mujer. De la bandera de aquel cuerpo agonizante. El oficial de los cascos azules la frenó. No estás aquí para eso. Recuerda también la frase del veterano: No se puede enfocar con los ojos llenos de lágrimas.
Y ella apretó los dientes para que no le temblase el pulso. Disparó.
Sí, es verdad, esta foto tiene alma, dijo como elogio su mejor amigo de la redacción.
Soy yo, brazo, cazadora furtiva de almas. Emerge sofocada. Dice: Mierda.
Duerme acurrucada sobre la colcha, sin deshacer la cama. Tiene puesto el chaleco por encima del pijama y cobija la cámara, la protege con la guarnición de sus brazos.
Suena el teléfono. Una voz en el contestador, con entonación segura, acostumbrada a colarse por las rendijas de las paredes.
Hola, soy Inma. Estilista de Vanguard. Me dijeron que hoy regresabas de África. Tengo una propuesta que hacerte. Algo especial, que te va a sorprender. La moda fotografiada por una reportera de guerra. Una mirada dura contra el glamour. Insulta al contestador, pero no me digas que no. Besos. Inma.
Mireia se agita en la cama. Dice: Mierda. Búscate otra basura para tus fotos de moda.
No te arrepentirás, dice ahora la voz de Inma. Están en O Cebreiro. Mireia ha aceptado el trabajo. Dos días encogida en su cama, aferrada a aquel brazo. Por fin, la voz que piensa por ella le dijo: Suelta ese brazo. Déjalo caer en paz. Vete a hacer un poco el tonto.
