
Mi madre comía muchas manzanas. Lo recuerdo bien, de cuando yo estaba dentro. Le gustaban mucho esas que llaman reinetas.
Omar había ido a buscar al ciego Bastián para protegerlo de la lluvia con una de sus alfombras. Al caminar juntos, es como si la alfombra tuviese alma con sus franjas de colores vivos y ondulantes.
Algún día, amigo Omar, le dice Bastián, alfombraremos todo Santiago.
Esa será demasiada alfombra, Bastián.
No seas incrédulo. Así hacían por la noche de Corpus en muchos lugares campesinos. Una gran alfombra con pétalos de rosas y hortensias que cubrían todas las calles. Y que después llevaba el viento. ¡Tú serás nuestro canciller de alfombreros, Ornar!
¿Es cierto eso que he oído, Bastían? Que el apóstol este que adoráis mató él solo treinta millones y 761.423 musulmanes.
No hagas caso, hombre. Son cosas del mar-keting. Hace siglos había mucha competencia. En realidad, el apóstol era palestino. O sea, antiimperailista. Cuando veas una farmacia, avisa.
Omar sabe que Bastían se guía por sus ocurrencias. Sus pasos siguen la grafía de un cuento.
He oído decir que hay unas aspirinas contra la saudade, le dice Bastían a la farmacéutica.
La mujer de la farmacia lo mira con asombro.
¿Contra la saudade?
Sí, lo he oído en la radio. Todo natural. Y llevan bicarbonato para los pedos saudosos.
La farmacéutica le sigue la broma: Tenemos unas cápsulas muy buenas para el estrés, la ansiedad, el vértigo y el insomnio. Pero para eso que usted dice…
¿Eso? ¿Le llama eso a la saudade? ¿No hay nada para la saudade? Ya ves, amigo Omar. ¡No hay nada para el mal más antiguo del ser humano! Bueno, pues entonces déme unos caramelos de miel para la garganta.
