
Calle arriba, jadeando, prosigue su discurso contra la saudade.
¡La saudade! Pereza, reuma, bronquitis de un pueblo anfibio. Teixeira
¿Y la rabia?
La rabia no está mal. De vez en cuando.
Cuando llegan a la puerta de su humilde morada, los saluda la gaita de Manuel.
¿Escuchas? La Marcha do Antigo Reino. ¡Entramos en palacio, Omar!
En su habitación entreabierta, el escultor Mouzo le quita brillo con parsimonia a sus botas talladas en madera de boj. Lleva dos años trabajando. Son, dice, el recuerdo de los zapatos montañeses de su padre, que abrían caminos y senderos con pisar sólo una vez las aulagas y zarzas silvestres.
¡Hola, Joñas!, saluda Bastían al pez. Y luego al loro: ¡Bonsoir, Don Alvaro!
Je suis trésjoli, mon ami!, dice el loro.
Eres feo y viejo como yo. ¡Que no te engañe la literatura! Le temps s'en va, Don Alvaro.
Cuando llueve, Santiago es una invención submarina. Como el mar no llega hasta aquí, pero sabe de su existencia, se alza en grandes vejigas nubosas que inundan la ciudad de piedra. Y por boca de los caballos de Platerías mana el agua.
Cuando está sola, Kiss contempla con horror los espejos. Revuelve su equipaje, busca en los lugares más insospechados y encuentra su droga: los bombones de chocolate. Se los come compulsivamente. Después se pesa en la báscula del baño. Luego llora.
Cuando está sola, Inma llama por teléfono y prosigue una disputa que parece eterna.
Nunca me he metido en tu trabajo, no sé por qué dices que te condiciono. ¿Que es mi personalidad la que te condiciona? ¿Qué estás diciendo? ¿Has esperado a que estuviese lejos para decirme que soy fría y calculadora? ¿Que yo acorto tu sentido de la mirada? Claro que soy calculadora. Déjame decirte que soy yo quien paga el alquiler, ventanas y luz incluidas. ¿Sabes lo que te digo? Que te des por aludido. ¡Vete al infierno!
