
¿Perdón? Pero si estoy muy contento. ¡Es la primera vez que me atropella un chica! Fíjese que la última vez fue un cura. ¡Qué desastre!, pero, ahora, ¡una mujer! ¡Una chica guapa!
No, no soy guapa, dice Mireia muy seria. Ni siquiera con aquellas bromas fue capaz de reírse.
Bueno, un ciego tiene sus derechos, ¿sabe?, y uno de ellos es ver lo que me da la gana.
Lo siento, de verdad, dice Mireia. Fue un despiste. Tenía como niebla en los ojos.
Deje que le cuente una cosa en agradecimiento por atropellarme de una manera… tan cariñosa. Es una historia que nadie conoce.
La gente piensa que la niebla viene de fuera. Que nace en el mar, o en los ríos, o que desciende del cielo como un cobertor. Pues de eso nada. La niebla de Santiago nace en el interior de la catedral. Hay una cofradía secreta, la de los Ti-raboleiros Neboentos, que por la noche, cuando cierran el templo, mecen el botafumeiro, el gigantesco inciensario. Y al amanecer, poco a poco, va saliendo la niebla como vaho vacuno. Sale por debajo de las puertas, por la boca o el culo de las gárgolas, por los ojos de las cerraduras, por las alcantarillas del Inferniño. Y envuelve la ciudad con la mejor seda de Galicia. Así es como nace la niebla.
Kiss se mira en el espejo. Tiene las ojeras de un insomnio interminable. Luego vomita la tristeza en el lavabo. Se viste y se pinta en memoria de la adolescente punkie que ya no es. Se lanza a la calle. Vaga por la Alameda y luego por el laberinto de piedra que es la ciudad vieja. Flaca y gorda, Compañera Sombra, alma esclava, qué más le da. Una música, que le suena a lamento y aullido, va tirando de ella.
Bajo el arco de la casa episcopal, el gaitero Manuel toca una música que huele a hoguera de algas sobre la nieve. El sombrero en el suelo, con unas monedas.
Kiss se sienta en la escalinata, abrazada a sus rodillas. La Compañera Sombra, su alma gemela, vuelve a su sitio.
