
Es la primera vez en mucho tiempo que Mi-reia devuelve una sonrisa.
El Pórtico de la Gloria, esto sí que es una obra abierta. Todo el mundo tiene un lugar en ella. Una vez, cuenta Bastían, llegó un peregrino muy del norte, del país de los vikingos. Larga barba y curtido como cuero de buey por el duro camino. Se sentó allí en la base y ya no se movió. Un mendigo de piedra. Hasta que un día apareció un muchacho a caballo y con otro corcel de la brida. Fue junto a él y únicamente le dijo: ¡Ya puedes volver, papá! Y sin más la estatua se puso en pie y echó a andar tras su hijo.
Mirea y Bastían están sentados en un banco del mirador de la Ferradura. El crepúsculo, la caída del sol al oeste, tras el monte Pedroso, pinta la vieja Compostela de pan de oro y óleos carnales.
¿Ves ahora la rosa de piedra, la rosa que nace de la nada?
Pues no, ríe Mireia.
Deberías esperar. Hay que darle tiempo al tiempo, ese mago.
Ella le coge la mano y la entrelaza con sus dedos.
¡Ah, por fin, un braille de cariño!, exclama Bastían.
Ya estamos a punto de acabar, dice Mireia. La última sesión será en los acantilados de Fisterra.
¡ La Costa da Morte!, dice Bastían. Allí iban los peregrinos a recoger vieiras.
Inma está obsesionada con eso del Fin de la Tierra. Creo que no le van bien las cosas.
Te quiero pedir algo, dice de repente Bastían, muy serio. Llevadme con vosotras.
Y añade parpadeando: No seré un estorbo. ¡Me gustaría tanto ver el mar!
En el coche, mientras los demás charlan o cantan, Inma trata inútilmente de hablar por teléfono móvil.
¡Para ahí!, le pide Inma a Mireia, que conduce.
