Hay una cabina a la orilla de una playa desierta. Quien la puso allí debió de pensar en las botellas arrojadas al mar con un mensaje.

¡Hola! ¿Eres tú? No, no me dieron el recado. No, no me pasa nada, es que estoy en una cabina y se está tragando las monedas. Junto al mar, una cabina en el mar. Te quería decir. Sí que somos dos idiotas. Pero tú eres mucho más idiota que yo. Me queda una moneda. La meto por un beso.

Mireia retrata a Kiss en los acantilados, junto a las cruces de piedra del cabo Roncudo, que recuerdan a los pescadores muertos.

De reojo, entre foto y foto, Mireia observa a Bastían. Parece hechizado por el mar. El viento lo peina. Aparta la nariz.

Mireia se concentra en las fotos. Cuando de nuevo vuelve la mirada hacia Bastían, éste bordea el acantilado y se pierde de vista.

La fotógrafa grita su nombre, y brinca por las rocas seguida de Kiss e Inma. Llegan a una gruta en la que el mar se agita y brama con furia. Pero no encuentran ni rastro del ciego.

Van al pueblo más próximo en busca de ayuda. En el muelle, Mireia cuenta con angustia lo ocurrido. Los pescadores primero la escuchan con atención pero luego se miran entre ellos e intercambian gestos de cómplice incredulidad.

¿Y dice usted que era ciego?

Sí, sí, ciego. Vende vieiras en Santiago.

Un viejo pescador murmura con ironía: ¡Todos los años el mismo cuento!

Y aquí se acaba la película.

La actriz que hacía de Mireia y el actor que hacía de Bastían se sientan ante el mar. Como en una función de despedida, la puesta de sol se esfuerza en no defraudar.

Si yo fuese fotógrafa, dice ella, nunca fotografiaría una puesta de sol.

Y entonces él, imitando el gesto de ojos de cuando era Bastían, le dice: ¿Por qué los que la podéis ver no aceptáis la belleza?

Y la actriz, que vuelve a ser Mireia: ¿Sabes por qué? Porque desconfían de la belleza. Porque conocen la terrible belleza que produce el odio.



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