El loro de La Guaira

Los domingos sí que comíamos bien. Había un paisano que tenía un restaurante en Caracas y nos contrató de clientes. Nos vestíamos de corbata y nos sentábamos en el lugar más visible del ventanal, como de escaparate, comiendo con entusiasmo. Es una ley de la hostelería. La gente no entra en un local vacío, y menos a comer. Hay negocios que nacen con gafe. Por muy bien montados que estén, la gente no entra y no entra. No me preguntéis el porqué, pero es así. Nosotros trabajábamos de reclamos. Y lo hacíamos muy bien.

Luego íbamos a una plaza que hay allí en Caracas, con una estatua de Simón Bolívar montado en un caballo enormísimo. Un país con una escultura así de grande, con un caballo tan bien hecho, debería marchar bien, pero en fin… Nos sentábamos en aquella plaza y era como estar en casa e ir al cine a un tiempo. Acudían los emigrantes recién llegados y siempre había algún conocido con noticias frescas de la tierra. Y había mucho movimiento. Mucho. Os voy a contar cómo conocí a Cristóbal Colón.

Estaban sentados en un banco, frente a nosotros, dos hombres con pinta de vagabundos. Bebían a morro de una botella. A mí aquella situación me hacía gracia. Mi compadre y yo estábamos allí, de corbata, con la tripa llena pero algo melancólicos porque el domingo por la tarde era cuando más echaba uno en falta lo mejor que había dejado atrás. Y de buena gana me tomaría yo un trago de aquella botella que tanto les hacía reír. Fue entonces cuando uno de aquellos pobres borrachos señaló hacia un lateral de la plaza y exclamó con alegría: «¡Mira, chamo, aquí llega Cristóbal Colón!».

Nos dimos la vuelta, sorprendidos, hacia aquella dirección, y vimos que se acercaba un mulato enormísimo, también vestido de harapos y con una nube de moscas a su alrededor. Los tres vagabundos se abrazaron jubilosos y celebraron el encuentro bebiendo a morro de la botella de ron.



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