
En la huerta de Chemín había también un nogal. Su padre le había contado que cada año crecía la altura de un hombre, pero que no daba Eruto. Comenzó a dar nueces cuando él nació.
Un día supo, de forma indirecta, por una conversación de vecinos, que aquel nogal había sido la causa de la discordia entre los Chemín y los Gandón. En realidad, él mismo era parte fundamental de la historia.
El padre de Chemín se había casado de viejo con una muchacha muy hermosa. María da Gracia, su madre, era hija de soltera, había trabajado desde niña de criada, pero no por eso tenía pocos pretendientes. Ella misma era la mejor dote que un labrador podía desear. En la folia del maíz cantaba tangos y boleros y la gente arrancaba al compás las rugosas y ásperas hojas de las mazorcas como si fuesen pétalos del Corpus. Cuando el viejo Chemín y María da Gracia se casaron, los mozos más resentidos no dejaron de cantar coplas y agitar cencerros y latas toda la noche ante la casa.
Ya habían pasado tres años y María da Gracia no tenía descendencia. Eran un buen tema de comentario para los más chismosos, pero la pareja se mostraba siempre feliz como las tórtolas en primavera, Fue entonces cuándo sucedió el caso del nogal. El árbol crecía con el ímpetu de un sauce en la ribera, pero sin dar un solo fruto. Alguien le dijo a Chemín que lo que tenía que hacer era varearlo. Azotar las ramas con una vara antes de que brotasen las hojas. Golpearlo sin romperlo. El árbol, por decirlo así, entendería el mensaje. Y eso fue lo que hizo aquel día de sol primerizo en el que todo parecía estar al acecho. Con la camisa blanca y el chaleco negro, a la vuelta de misa, sacudió el nogal. Notó las gotas de sudor en la frente y, por la huerta vecina, pasó a su altura el viejo Gandón. Y dijo en voz alta: Así tenías que hacer con tu mujer, Chemín, sacudirla bien sacudida. ¡A ver si da nueces! Gandón tenía cinco hijos.
