
El viejo Chemín no respondió. Apoyó la vara en el tronco del nogal, entró en casa y bebió un cazo de agua del cubo de roble herrado. Después le dijo a María da Gracia: No me preguntes por qué, no te lo puedo decir, pero por favor, nunca más les dirijas la palabra a los Gandón. María da Gracia entendió. El suyo era un hombre noble. Le atraía ese su señorío natural.
Un año después, nacía el pequeño Chemín. Todo esto refrescaba en su memoria cuando ocurrió lo del enjambre. Pero esta vez el recuerdo había retornado con un odio que él nunca había sentido. Era una hiedra que le ahogaba el pecho, que se ceñía a la nuez de su garganta y le transformaba el habla en un sonido ronco, en monosílabos duros que caían como pedradas en el estanque siempre tranquilo que rodeaba a Pilar. Ella notó enseguida aquel cambio de carácter pero lo atribuyó al tiempo, a aquella primavera enloquecida con noches de luna tan luminosas como un día amarillo, que hacían cantar a los gallos por la noche y traían exhaustos los cultivos con un insomnio febril.
Chemín no le había contado a nadie, ni a ella, lo que había sucedido con el enjambre.
El fin de semana anterior había notado mucha inquietud en una de las colmenas. Era un enjambre muy bueno. Daba una miel oscura, con sabor a romero, porque él era capaz de distinguir los matices misteriosos de la dulzura, las dosis de bosque y flor que había en una cuchara-dita. Las colmenas siempre habían sido una parte destacada de la hacienda familiar. Eran como una vacuna secreta a la que se le atribuía la longevidad del clan. Enterró a su padre a los noventa años, y no lo había matado la enfermedad sino la pena por la pérdida de María da Gracia. Si ella viviese, murmuraba, yo no moriría nunca. Pero a ella la había matado, un día de feria, aquel maldito coche conducido por un borracho.
