Estaba segura de que dejaría la casa impecable, los del servicio de catering habían dejado la cocina inmaculada, y Sir Winston hacía rato que roncaba en su dormitorio. Hacía un ruido como de cortacésped, pero a ella no le molestaba; al contrario, le encantaba. Dejó el sari sobre una silla, se puso el camisón que Jamal le había dejado preparado, se metió en la cama y cayó dormida tan solo cinco minutos después. Se puso en marcha de nuevo a las siete, en cuanto sonó el despertador. Tenía una larga jornada por delante, estaban cerrando el número de agosto y tenía una reunión relativa a la agenda prevista para el número de septiembre.

Estaba oyendo las propuestas de los editores cuando su secretaria le avisó por el interfono de que John Anderson le llamaba por teléfono. Estuvo a punto de decirle que estaba demasiado ocupada en ese momento y no podía atenderle, pero se lo pensó mejor. Tal vez fuese algo importante. Le había planteado toda una serie de cuestiones cuando se vieron que implicaban respuestas, sobre todo en lo relacionado con el presupuesto.

– Buenos días -dijo John amablemente-. ¿Llamo en mal momento? -preguntó con un deje de inocencia que a ella le hizo reír. En su día a día, rara vez había un momento que pudiese denominarse bueno. Siempre estaba ocupada, y por lo general sumida en situaciones caóticas.

– No, está bien. La locura habitual de la revista. Estamos cerrando el número de agosto y preparando el de septiembre.

– Lo siento, no quería interrumpir. Solo quería decirte que lo pasé muy bien ayer.

Su voz le resultó más profunda de lo que recordaba, y le sorprendió que le pareciera tan sexy. No habría utilizado esa palabra para describirlo, pero su voz por el teléfono tenía un timbre poderoso y masculino. También respondió a varias de las preguntas que le había planteado, y eso le gustó. Le gustaba trabajar con personas que supiesen llevar a cabo con presteza lo que tenían que hacer.



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