Le había ocurrido exactamente lo mismo el día anterior. En cuanto bajó del taxi, después de almorzar en el Four Seasons, se sintió como si le hubiesen extraído todo el aire de los pulmones. Dentro de dos semanas tenía que irse a París…, si para entonces todavía seguía con vida. Los días como ese hacían que cualquiera odiase la ciudad de Nueva York, pero dejando de lado el calor y el enfado, a Fiona le encantaba todo lo que entrañaba vivir allí. La gente, la atmósfera, los restaurantes, el teatro, la avalancha cultural y el movimiento continuo… Incluso le gustaba la casa de ladrillo rojo de la calle Setenta y cuatro Este que había comprado hacía diez años dejándola al borde de la más absoluta bancarrota. Había invertido hasta el último centavo en remodelarla. Era una casa exquisita, con estilo, el símbolo de todo aquello en lo que ella se había convertido.

Tenía cuarenta y dos años y había dedicado su vida a convertirse en Fiona Monaghan, una mujer que suscitaba admiración entre los hombres y, de entrada, envidia entre las mujeres, aunque era fácil quererla cuando se la conocía bien y pasaba a ser tu amiga. Por otra parte, si se la ponía en un aprieto, podía ser una temible oponente. Incluso las personas que no la tenían en gran estima admitían respetarla. Era una mujer fuerte, apasionada e íntegra, y habría luchado hasta la muerte por aquello en lo que creía o por una persona a la que hubiese prometido apoyar. Jamás rompía una promesa, así que cuando daba su palabra uno sabía que podía contar con ella. Se parecía a Catherine Hepburn con un ligero toque a lo Rita Hayworth, era alta y delgada, de brillante cabellera pelirroja, y con unos grandes ojos verdes que siempre brillaban, ya fuese por rabia o por placer. Era imposible olvidar a Fiona Monaghan una vez la habías conocido, y en sus dominios era absolutamente popular, llamativa, poderosa y atenta.



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