
Amaba su trabajo por encima de todas las cosas, y había trabajado muy duro para estar donde estaba. Nunca se había casado, nunca había querido hacerlo, y a pesar de que le gustaban mucho los niños, no había querido tenerlos. Estaba satisfecha con lo que había conseguido. Era la editora jefe de la revista
Chic desde hacía seis años, y como tal era un icono en el mundo de la moda. Disfrutaba de una vida íntima muy plena. Había mantenido una relación más o menos estable con un hombre casado, y llegó a vivir ocho años con otro hombre. Antes de eso había tenido unas cuantas aventuras esporádicas, por lo general con artistas o escritores, pero desde hacía año y medio estaba sola. El hombre casado era un arquitecto británico que vivía entre Londres, Hong Kong y Nueva York. Y el hombre con el que había vivido era director de orquesta, y la había dejado para casarse y tener hijos; ahora vivía en Chicago, un destino que Fiona consideraba peor que la propia muerte. Fiona opinaba que Nueva York era el centro del mundo civilizado. De no vivir en Nueva York podría hacerlo en Londres o París, pero en ningún otro lugar. Ella y el director de orquesta seguían siendo buenos amigos. Había pasado por su vida antes que el arquitecto, al que ella dejó cuando su historia se complicó en exceso, pues amenazó con dejar a su esposa por ella. No había querido casarse con él, ni con ningún otro. Tampoco había querido casarse con el director de orquesta, a pesar de que se lo pidió en repetidas ocasiones. El matrimonio siempre le había parecido una empresa demasiado arriesgada para ella, habría preferido dedicarse a recorrer la cuerda floja en el circo antes de arriesgarse con el matrimonio, y así se lo hacía saber a los hombres. El matrimonio nunca había sido una opción para ella.
Su infancia había sido lo bastante dura para estar convencida de que no quería arriesgarse a hacerle pasar a nadie por semejante trance. Su padre las abandonó cuando su madre tenía veinticinco años y ella tres.