
Mostraba una elevada tolerancia, así como una leve tendencia, hacia la confusión, el nerviosismo y el caos. Llevaba una falda de seda negra, larga y estrecha, que le caía desde la cintura formando pequeños pliegues al caminar, saliendo del ascensor en el que había permanecido encerrada durante veinte minutos después del almuerzo. Vestía también una blusa blanca estilo campesina, con los hombros al descubierto, y llevaba la larga cabellera pelirroja recogida con una trenza informal. La única joya que lucía era un enorme brazalete de turquesas que prácticamente le cubría toda la muñeca y que causaba envidia en todas aquellas personas que llegaban a verlo. David Webb lo había diseñado especialmente para ella. Calzaba unas sandalias de tacón alto Manolo Blahnik, un gigantesco bolso Fendi de piel de cocodrilo color rojo, y debido a que llevaba los accesorios a juego, así como a las líneas largas y claras, transmitía una impresión de estilo y elegancia inimitables. Fiona era tan deslumbrante como cualquiera de las modelos que aparecían en la revista, era mayor que ellas pero igual de hermosa, si bien a ella no le importaba en absoluto su aspecto físico. Nunca había utilizado su atractivo sexual, estaba mucho más interesada en la mente y en el alma, y ambas cosas destellaban en lo más profundo de sus verdes ojos. Estaba pensando en la portada del número de septiembre cuando se sentó tras su mesa, se sacó las sandalias y tomó el teléfono. Había tenido noticia de un nuevo diseñador en París y quería que una de sus jóvenes editoras adjuntas investigase sobre él. Fiona siempre tenía alguna clase de misión entre ceja y ceja, necesitaba un montón de ayudantes para poder mantener el ritmo, y era tan temida como admirada. Había que correr de lo lindo para seguirle el paso, pues había demostrado no tener paciencia alguna con los vagos, los holgazanes o los tontos. Todo el mundo en
Chic sabía que si Fiona te señalaba con el dedo, era mejor cumplir a rajatabla… o dejarlo correr.