Levantó la vista de la mesa y miró hacia la puerta, vio entrar a John Anderson y se levantó para saludarle. Fiona sonrió cuando sus miradas se cruzaron. Se estudiaron durante unos segundos. Era un hombre alto, de constitución recia, cabello canoso impecablemente peinado, brillantes ojos azules y rasgos juveniles que casaban a la perfección con la actitud que transmitía. Todo lo que ella podía tener de llamativa él lo tenía de conservador. Sabía por el material biográfico del que disponía, así como por los informes que le habían proporcionado amigos mutuos, que era viudo, que acababa de cumplir cincuenta y que tenía un M.B.A. de Harvard. También sabía que tenía dos hijas en la universidad, una en Brown y otra en Princeton. Fiona siempre recordaba esa clase de detalles personales, los encontraba interesantes, y a veces resultaban muy útiles para hacerse una idea de con quién estaba tratando.

– Gracias por venir -dijo ella amablemente mirándole a los ojos. Era casi tan alta como él encaramada en lo alto de las sandalias Blahnik de tacón, que había vuelto a ponerse justo antes de que él entrase en su despacho. Le encantaba estar descalza mientras trabajaba; aseguraba que le ayudaba a pensar con claridad-. Lamento lo del aire acondicionado. Hemos sufrido varios apagones esta semana. -Sonrió con simpatía.

– Nosotros también. Al menos aquí pueden abrirse las ventanas. Mi oficina es poco menos que un horno. Me parece bien que decidiésemos vernos aquí-dijo con una sonrisa al tiempo que le echaba un vistazo al despacho, un ecléctico batiburrillo estético con cuadros de jóvenes y prometedores artistas, dos conocidas fotografías de Avedon, regalo personal a la revista, y diseños para próximos números apoyados en las paredes.



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