
Como siempre, mi amor y mi agradecimiento para mi familia; a Phil, a Jackie y a Jen por soportarme. Os quiero.
Nota especial: Sé que me he tomado ciertas libertades con la capacidad de habla de Ollie, el guacamayo. Gracias a todos por vuestra comprensión.
Me gustaría expresar un agradecimiento especial a Jocelyn Kelly y a JoAnn Ferguson por dar respuesta a mis preguntas sobre el ejército, y a Linda Howard, a Phoebe Conn y a Joanna Novins por responder las otras cuestiones que tenía.
Pese a la información, me resultó necesario aprovechar lo que yo llamo el privilegio del escritor con el procedimiento de retiro con honores a los soldados heridos del ejército. Gracias, lectoras, por no llamarme la atención acerca de ello. Cualquier otro error o distorsión de la realidad es sólo achacable a mí.
Prólogo
Molly Gifford terminó de meter las maletas y las cajas en el maletero de su coche. Otra puerta que se cerraba, pensó. Su vida allí, en Hawken's Cove, había terminado. Había llegado la hora de continuar. Miró por última vez la casa en la que había vivido durante casi un año, trescientos sesenta y cinco días en los que había estado intentando aferrarse a aquella esquiva cosa llamada familia que siempre estaba fuera de su alcance.
Ya lo sabía. No debería haberse hecho ilusiones, porque aquella vez no iba a ser diferente. Su madre no iba a casarse, a sentar la cabeza y a formar una familia que incluyera a Molly en vez de excluirla.
Y con veintisiete años, a Molly ya no debería importarle.
Sin embargo, le importaba. Seguía siendo la niña que había ido de internado en internado. La calidad de aquellos internados siempre dependía del grosor de la chequera del marido de turno de su madre. Su verdadero padre no se dignaba a nada más que a enviar un par de postales al año. Una, en el cumpleaños de Molly y otra, el puñetazo de la felicitación navideña con la fotografía de su familia.
