
Una semana antes, su madre había roto su compromiso, había dejado plantado a su último prometido y se había ido de viaje por Europa sin apenas despedirse de su hija. Y Molly, por fin, había tenido que aceptarlo: estaba sola y siempre lo estaría. Así pues, se marchaba en busca de sí misma y de una vida sin el lastre de esperanzas frustradas.
– ¿Molly? Molly, espera -dijo su casera, Anne Marie Constanza.
– No te preocupes, iba a despedirme -le aseguró Molly a la anciana, y se acercó a ella.
– Ya lo sé -respondió Anne Marie. Su fe en Molly era inquebrantable.
Molly sonrió y observó cómo Anne Marie bajaba las escaleras del porche. Iba a echar de menos a su entrometida vecina.
– No tienes por qué irte -le dijo Anne Marie-. Podrías quedarte aquí y enfrentarte a tus miedos.
Sabias palabras, pero Molly no podía prestarles atención.
– Ahí está el quid de la cuestión. Mis miedos me seguirán allá donde vaya.
– Entonces, ¿por qué te vas? Sé que no soy la única que quiere que te quedes.
– ¿Has estado escuchando mi conversación con Hunter? -le preguntó Molly.
Al pensar en él, a Molly se le encogió el estómago.
Anne Marie negó con la cabeza, y algunos finos mechones de pelo gris se le escaparon del moño.
– Esta vez puedo decir sinceramente que no. Ya he aprendido la lección de que no se debe escuchar conversaciones ajenas, y mucho menos difundir información ajena. Sin embargo, es evidente que ese hombre desea tenerte cerca con todas sus fuerzas.
Molly abrió la boca, pero volvió a cerrarla. Tenía un nudo en la garganta.
– No puedo quedarme -dijo.
Sin embargo, lo había pensado. Y seguía pensándolo, sobre todo al recordar la mirada de esperanza de Hunter cuando le había pedido que se quedara con él en su ciudad natal, en Hawken's Cove, Nueva York. Y su tono de voz suplicante cuando le había dicho que la seguiría a cualquier sitio al que Molly necesitara huir para evitar el dolor.
