
«Yo tampoco he tenido familia. Entiendo lo que te está pasando. ¿Por qué no lo superamos juntos?». Hunter se había tragado su orgullo y le había entregado el corazón.
Molly había estado a punto de cambiar de opinión, porque Daniel era una tentación absoluta, pero finalmente no había sido capaz de hacerlo. No sabía quién era ni lo que quería de la vida, y por ese motivo lo había rechazado. Apretó los puños con frustración. Era una mujer sin ataduras, sin amigos, sin familia, y necesitaba tiempo para entenderse a sí misma. Pese a todo, tenía una sensación de anhelo y emoción en el pecho.
– Él te quiere -le dijo Anne Marie.
Molly bajó la cabeza. A cada segundo, su dolor era mayor, porque ella también quería a Hunter. Sin embargo, sabía que no tenía lo suficiente como para ofrecerle algo que valiera la pena al que era su amigo, pero no había llegado a ser su amante.
– Ya he tomado la decisión -respondió Molly a duras penas.
La anciana asintió.
– Ya sabía que no cambiarías de opinión, porque en ese sentido eres como yo, pero tenía que decir lo que pensaba.
– Lo sé, y te lo agradezco.
– Toma. Ha llegado el correo de hoy.
Anne Marie le entregó un sobre. Molly le dio la vuelta y miró el remite. Napa Valley, California. Su padre había dado señales de vida en un día distinto a Navidad o su cumpleaños… Qué raro.
– Bueno, tengo que entrar en casa -dijo Anne Marie-. Estoy redactando el anuncio para alquilar tu apartamento.
Aquellas palabras le encogieron aún más el estómago a Molly.
– Has sido una estupenda amiga -le dijo a Anne Marie, y le dio un abrazo-. Gracias por todo.
– Escribe de vez en cuando, Molly Gifford. Espero que encuentres lo que estás buscando en este mundo -dijo la anciana.
Y agitando la mano en señal de despedida, entró a su casa.
