Una vez agrupados y sujetos a la unidad propulsora, los cargamentos se dirigirían hacia el distante punto de salida que daba acceso al espacio local de Rodeo. Una vez comunicadas la velocidad y la dirección, la, unidad propulsora se desprendería y volvería a la órbita de Rodeo para la próxima carga. El bulto de carga no tripulado seguiría hacia su objetivo, el primero en una larga serie que se extendía desde Rodeo hasta la anomalía en el espacio que era el punto de acople.

Una vez allí, las cargas serían capturadas y desaceleradas por una unidad propulsora similar y las pondrían en posición para el Salto. Entonces, empezarían a funcionar las grandes naves de Salto, unos transportadores de carga tan especialmente diseñados para esta tarea como las unidades de propulsión. Estos transportadores de carga monstruosos no eran más que un par de generadores de campo Necklin en sus cubiertas protectoras, preparados para su ubicación alrededor de una constelación de bultos de carga: un par de brazos propulsores comunes y una pequeña cámara de control para el piloto y sus auriculares neurológicos. Sin los bultos de carga adosados, las grandes naves de Salto le recordaban a Leo algún insecto extraño, de patas largas.

Cada piloto de Salto, conectado neurológicamente a su nave para navegar las realidades ondulatorias de los agujeros de gusano del espacio, hacía dos entregas diarias. Entraban a Rodeo sin carga y volvían a salir con cargamento, seguido de un día libre. A los dos meses de actividad tenían una licencia obligatoria de un mes sin sueldo en condiciones de gravedad. En realidad, los Saltos agotaban más a los pilotos que la condición de ingravidez. Los pilotos de las rápidas naves de pasajeros, como la que había usado Leo el día anterior, decían que los pilotos de las grandes naves de Salto de carga eran simples acopladores de carga y pilotos de calesitas. Los pilotos de carga, a su vez, decían que los pilotos de pasajeros eran esnobs.



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