
La lanzadera, con capacidad para seis personas, estaba a disposición de ellos dos y del piloto. El asiento se amoldó al cuerpo de Leo durante los breves períodos de aceleración, verdaderamente cortos. Era obvio que no estaban desacelerando para hacer una reentrada planetaria. Rodeo giraba debajo de ellos y se alejaba.
—¿A dónde vamos? —preguntó a Van Atta, sentado junto a él.
—Ah —respondió éste—. ¿Ve ese punto a unos treinta grados en el horizonte? Fíjese. Es la base del Proyecto Cay.
El punto en el horizonte creció rápidamente y se convirtió en una estructura caótica, con muchos ángulos y proyecciones, llena de luces de colores que iluminaban sus contornos oscuros. El ojo experimentado de Leo descubrió las claves de su función, los tanques, las puertas, los filtros que centelleaban a la luz del sol, el tamaño de los paneles solares frente al volumen estimado de la estructura.
—¿Un Hábitat orbital?
—Así es —dijo Van Atta.
—Es grande.
—Y tanto. ¿Qué cantidad de personal usted cree que puede albergar?
—Bueno… unas mil quinientas personas.
Van Atta levantó las cejas, desilusionado, tal vez, por no poder corregir demasiado la cifra.
—Casi exacto. Cuatrocientas noventa y cuatro personas de Galac-Tech que tienen turnos rotativos y mil habitantes permanentes.
Los labios de Leo repitieron la palabra permanentes…
—Hablando de rotación, ¿cómo se maneja el problema de desacondicionamiento de su gente? No veo… —Sus ojos examinaron la enorme estructura—. Ni siquiera veo una rueda de ejercicios.
—Hay un gimnasio sin gravedad. El personal rotativo pasa treinta días abajo después de cada turno de tres meses.
