—Costoso, ¿no?

—Pero colocamos el Hábitat donde está por menos de un cuarto del coste de la misma cantidad de piezas en otro sitio con gravedad.

—Pero seguramente con el tiempo perderán lo que ahorraron en los costos de construcción en el transporte del personal y en los gastos médicos —argumentó Leo—. Los viajes adicionales, los largos permisos. Todo el que se rompa una pierna o un brazo exigirá que Galac-Tech le pague los gastos hasta el día que se muera, además de la angustia mental, si es que no tiene una desmineralización importante.

—También hemos solucionado ese problema —dijo Van Atta—. Y bueno, en definitiva, usted y yo estamos aquí para demostrar que, si bien la solución es costosa, al menos es efectiva.

La lanzadera se movió en forma delicada y se alineó con una precisión sorprendente frente a una escotilla en uno de los lados del Hábitat. El piloto apagó los sistemas, se incorporó, y revisó las cerraduras de la escotilla al pasar junto a ellos.

—Listos para el desembarque, señor Van Atta.

—Gracias, Grant.

Leo desabrochó los cinturones del asiento. Se estiró y se relajó, con esa sensación tan familiar y agradable que le producía la ingravidez. Él no sufría las desagradables náuseas que socavaban la eficiencia de tantos empleados. Abajo, el cuerpo de Leo era normal; aquí, donde el control, la práctica y el sentido común valían más que la fuerza, era, por fin, un atleta. Se sonrió y siguió a Van Atta, de un pasamanos a otro, a través de la escotilla de la lanzadera.

Apenas se entraba al corredor de la cápsula, había un técnico de tez rosada que operaba el panel de control. Llevaba una camiseta roja, con el logotipo de Galac-Tech a la izquierda. Los rizos rubios y apretados, muy pegados a la cabeza, recordaban a un cordero. Tal vez era el efecto que producía su evidente juventud.

—¡Hola, Tony! —exclamó Van Atta con familiaridad.



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