

Robert Wilson
En Compañía De Extraños
¡Oh, amor, seamos fieles
el uno al otro! Porque el mundo, que parece
extenderse ante nosotros como tierra de ensueño,
tan diverso, tan bello, tan nuevo,
carece en realidad de alegría, amor o luz,
certeza, paz o alivio para el dolor.
Y aquí estamos como en una llanura en sombra
barrida por voces confusas de lucha y refriega,
donde ejércitos ignorantes chocan de noche.
MATTHEW ARNOLD, Dover Beach
LIBRO UNO. PROSCRITOS DEL PENSAMIENTO
I
30 de octubre de 1940, Londres. Bombardeos: noche 54.
Corría, corría como lo había hecho antes en sueños, pero esa vez era verdad, aunque por la caída de las bengalas -lentas como pétalos-, la luz amarilla y las calles oscuras bajo el resplandor naranja del horizonte bien pudiera tratarse de un sueño, un sueño terrorífico.
La sobresaltó una explosión tremenda en una calle cercana, que la hizo tambalearse con la sacudida del suelo y por poco dar de bruces con los adoquines en su desenfrenada carrera. Sorteó la pared baja de una entrada y echó a correr de nuevo.
Aceleró la carrera al ver a los auxiliares del servicio de bomberos delante de la casa. Desenrollaban mangueras de refuerzo de los motores y las unían a la madeja formada sobre la calle de cristal negro para arrojar más agua a la parte de atrás de lo que ya no era una sino media casa. Un lado entero había volado, y del piano de cola asomaban dos patas del nuevo y asombroso precipicio, la tapa abierta como una lengua lamiendo las llamas, llamas que arrancaron un atroz tañido a las cuerdas cuando el fuego las partió e hizo encogerse.
