Se quedó allí plantada con las manos en los oídos, bajo el fragor insoportable de la destrucción. Tenía los ojos y la boca abiertos de par en par mientras la parte de atrás de la casa se derrumbaba en el jardín del vecino y dejaba a la vista la cocina, extrañamente intacta. Un siseo de fuga de gas de las cañerías quebradas estalló de súbito en llamas, asaltó la calle y rechazó a los bomberos. En la cocina había una figura postrada, inmóvil y con la ropa ardiendo.

La chica se encaramó al muro bajo del lateral de la casa y le gritó al calor abrasador del edificio en llamas.

– ¡Papá!¡Papá!


Un bombero la agarró y se la pasó en volandas con rudeza, casi la lanzó, a un encargado, que trató de asirla. Ella se zafó en el momento mismo en que el piano, el piano que había tocado hacía apenas dos horas, cayó por el precipicio con un sonoro crujido y un desacorde que se coló en su pecho y le estrujó los pulmones. Vio cómo se quemaban todas las partituras y lo vio a él, su padre, tirado en el suelo al pie del muro de fuego que los auxiliares regaban arrancándole siseos y chispas pero sin conseguir apagarlo.

Otro crujido y entonces lo que cayó fue el techo, que escupió marcos enteros de ventanas a la calle como dientes rotos y se estrelló en el piso de abajo, derramando montañas de azulejos que se despedazaron contra el pavimento. Una pausa momentánea y el techo atravesó al derrumbarse el piso siguiente y, como un gigantesco apagavelas, acalló la música flamígera, aplastó el cuerpo postrado del hombre y lo arrojó entre saetas de maderos en llamas sobre la ventana en saliente de la planta baja.

El encargado se lanzó de nuevo hacia ella y la agarró por el cuello de la blusa; ella se revolvió y le mordió en la muñeca para que la soltara. «Menuda fiera, esta niña morena con pinta de gitana», pensó el encargado, pero tenía que apartarla, pobrecita, alejarla de su padre que ardía en el ventanal ante sus ojos. Volvió a perseguirla y la atrapó en un abrazo de oso; ella pataleó, la emprendió a golpes con él y después se quedó inerte como una muñeca de trapo, doblada por la mitad entre sus brazos.



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