Lote 12, grabado del dragón.

Algunas de las otras pinturas eran interesantes, pero decidí concentrar mi energía financiera en aquel único grabado, y quizá en alguna ánfora o escultura. Detrás de los cuadros había lotes de objetos artísticos. En cada mesa había una pieza, junto a cajas con cosas variadas. Y otra vez, parecía que había un hilo conductor: las esculturas eran reproducciones en miniatura de obras griegas y romanas, y todas estaban muy desnudas.

En una de las mesas había tres estatuillas masculinas, de unos sesenta centímetros de altura. Me detuve y observé las tres. Eran Zeus, con su rayo preparado; un monarca heleno, posiblemente Demetrio I de Siria, según decía su etiqueta, y el tercero era un guerrero etrusco.

– Lo siento, chicos. Es muy duro dejaros aquí -dije, con una risita, y seguí hacia la mesa siguiente, que estaba llena de jarrones. Miré unas urnas de formas elegantes y…

El mundo se detuvo. De repente, y totalmente, el día se paralizó. La brisa cesó. Los sonidos se apagaron. No sentía el calor. Se me cortó la respiración. Mi visión se concentró en un solo punto: uno de los jarrones.

Mis pies comenzaron a moverse hacia él antes de que yo pudiera ordenárselo. Tomé la etiqueta de identificación con la mano temblorosa. Era el lote veinticinco, reproducción de un ánfora celta, cuyo original está situado sobre las tumbas de un cementerio escocés. Escena en color que representa súplicas a la sacerdotisa de Epona, la diosa celta de los caballos, de la fertilidad y de la naturaleza, asociada con el agua, la curación y la muerte indistintamente.

Se me nubló la vista y sentí un calor extraño en los ojos mientras observaba aquel cántaro. Parpadeé y lo estudié, intentando no hacer caso omiso de las cosas tan extrañas que estaba sintiendo.

El ánfora tenía unos sesenta centímetros de altura, y era como la base de una lámpara.



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