
Entre los lotes había dormitorios, juegos de comedor, sillas, etcétera. Había mesas llenas de lámparas, elementos de la instalación de los baños y la cocina, apliques, y cristalería. Vi al señor de las entradas pronunciadas encaminarse directamente hacia aquella mesa en particular. También había adornos metidos en cajas, marcados con los números de los lotes, y espaciados, de modo que los posibles compradores pudieran verlos y tocarlos sin estropear los demás. También había obras de arte, dispuestas con gusto, en mesitas plegables y caballetes.
Me dirigí hacia aquella zona. No pude evitar mirar codiciosamente hacia los muebles, pero estaba segura de que el sueldo de una profesora de instituto no me permitiría hacer adquisiciones en aquella zona.
Los gustos del propietario de la casa eran coherentes. Todas las pinturas expuestas en los caballetes eran de tema mitológico. Había acuarelas y óleos. Todo, desde el nacimiento de Venus hasta una gran litografía del adiós entre Wotan y Brunilda.
– ¡Oh, madre mía, esto es muy gracioso!
Sin poder evitarlo, le di un suave codazo a la reina de las subastas de garaje, que estaba a mi lado, y señalé un fiero y enorme dragón que lanzaba llamas hacia una guerrera rubia montada en un corcel blanco. Ella se defendía del fuego con un escudo y blandía una espada. No pude distinguir el nombre del artista, pero el título, que estaba escrito en la parte de abajo, era Apagar el incendio del bosque.
– Tengo que hacerme con éste -dije, riéndome.
– Bueno, es un poco extraño -respondió la señora, con una voz nasal, e interrumpió mi sonrisa.
– Sí. Pero a mí me gusta pensar que es algo no normal, en vez de extraño.
Me dedicó una de aquellas miradas insípidas y comenzó a inspeccionar la sección de artículos domésticos. Yo suspiré, abrí mi pequeño cuaderno y escribí:
