– ¡Dios, cómo me gusta ser profesora!

Era uno de junio, y tenía todo el verano por delante, prístino y virginal.

– ¡Todos los días podré dormir hasta tarde!

Sólo decirlo me hacía feliz. Durante mis diez años en la enseñanza me había dado cuenta de que los profesores tienen el hábito de hablar solos. Supongo que es porque nos ganamos la vida hablando, y nos sentimos seguros hablando en voz alta de nuestros sentimientos. O podría ser porque la mayoría de nosotros, sobre todo los profesores de instituto, somos raros.

Sólo alguien que estuviera ligeramente loco podría elegir una carrera profesional que consistiera en enseñar a adolescentes. Veo la cara de mi mejor amiga, Suzanna, cuando le cuento las últimas tribulaciones de la clase de literatura y lengua inglesa del instituto.

– Dios, Sha, están tan… llenos de hormonas, ¡ay!

Suzanna es la típica profesora esnob de universidad, pero de todos modos la quiero. Lo único que pasa es que no aprecia las muchas y variadas oportunidades para los interludios humorísticos que proporcionan los adolescentes diariamente.

La voz de tenor de Jean Valjean interrumpió mis cavilaciones y me devolvió a la I-44 Este, y al día uno de junio.

– Sí, eso es, la vida de una profesora de instituto con sentido del humor. Condenada a no tener dinero, pero una gran aptitud para la comedia. ¡Oh, demonios, ahí está mi salida!

Por suerte, mi pequeño Mustang pudo tomar la salida a la derecha, que nos llevó hacia la US-412. El cartel decía que Locust Grove estaba a treinta y cinco kilómetros. Conduje a medias con la rodilla y a medias con la mano mientras intentaba desplegar el folleto de la subasta, en el que había escrito las indicaciones. En algún lugar entre Locust Grove y Siloam Springs debería haber una señal que indicara la salida a una carretera secundaria, hasta otra señal, otra carretera secundaria, y así sucesivamente, hasta que llegara a la «Subasta de una finca única. Artículos fuera de lo común. Se tendrán en cuenta todas las ofertas. Todos deben acudir».



2 из 388