
Diablos, Prudence podría haber tenido más éxito con sus notas en la sección de estilo. O incluso en Sucesos. Pero intentar convertir a un puñado de pendencieros periodistas de deportes en un educado grupo de compañeros de trabajo era una tarea imposible. Aun así, ella nunca dejaba de intentarlo. No había un solo mes en el que no escribiera una nota sobre las normas de etiqueta en el comedor, o acerca de la higiene del frigorífico y la cafetera. De hecho, no había una sola norma de educación que Prudence Trueheart no intentara imponer en la sección.
Pero la Zona Caliente se llamaba así por una buena razón.
Los periodistas y fotógrafos deportivos del Herald, hombres y mujeres, eran un grupo extraño. Cabezotas y devotos de cualquier tipo de deporte… y ajenos a toda regla de cortesía. Para observadores externos, podían parecer un puñado de adolescentes pendencieros. Pero a él le encantaba aquel ambiente en el que, además, se trabajaba siempre duramente.
Pete dejó de lado sus pensamientos sobre Prudence Trueheart, regañándose a sí mismo por gastar neuronas pensando en ella, y centró su atención en las competiciones del día.
Los jueves siempre había un partido de béisbol en la propia redacción. Otros días eran de hockey, de golf o de baloncesto. Aquel día competía contra Sam Kiley y su equipo de reporteros.
Miró el reloj y se dirigió al comedor para sacar la pelota y el bate del armario. Mientras agarraba el equipo, echó un vistazo al frigorífico. Había una nota nueva, escrita con la cuidada letra de Prudence. Se acercó y leyó el texto: Derechos de propiedad sobre los alimentos. Al parecer, Prudence echaba de menos un yogur desde hacía días.
