Pete agarró el papel, lo arrugó en la mano, tiró la bola de papel al aire y la golpeó con el bate. La nota de Prudence salió volando por la habitación, chocó contra la pared y cayó en la papelera.

– ¡Grand slam! -Pete alzó la mano e hizo un gesto triunfal con el brazo antes de salir de la habitación. Para cuando llegó a la Zona Caliente, los equipos ya se habían formado y esperaban expectantes que se iniciara el juego. Pete le tiró la pelota a Sam y gritó:

– Los perdedores pagan mañana la cerveza en el Vic.

Sam Kiley golpeó la primera pelota alto y lejos y Pete volvió a golpearla con el bate, lanzándola directamente a la puerta abierta del despacho de Prudence Trueheart. Un instante después, un grito desgarraba el aire. Pete dejó caer el bate. Los jugadores se miraron unos a otros y terminaron fijando la mirada en Pete.

Este hizo una mueca.

– Eh, no lo he hecho a propósito. Estaba justo en línea con el campo. Si la hubiera atrapado Ramírez, no habría pasado nada -señaló al fotógrafo. -Ha sido un error.

Sam alzó las manos en gesto de burlona rendición.

– La has tirado tú, Beckett, así que eres tú el que tiene que ir a disculparse.

Pete maldijo suavemente. Lo último que necesitaba en aquel momento era una regañina de Prudence Trueheart, especialmente cuando hacía solo unos minutos estaba fantaseando sobre su boca. Quizá si lo dejaba pasar, ella se limitaría a escribir una nota. Pero el partido no podría continuar a menos que fuera a recuperar la pelota.

– Iré por ella -dijo por fin. Se sentía como cuando era niño y la Hermana Amelia, la directora del colegio, lo llamaba a su despacho por haber roto un cristal de la rectoría. -Si no he vuelto dentro de cinco minutos, podéis ir a buscarme.

Cruzó la Zona Caliente y se acercó lentamente al despacho. Asomó la cabeza, esperando encontrarse a una Prudence furiosa como un tigre hambriento y dispuesta a hacerlo trizas. Pero la encontró sentada en el suelo, al lado del escritorio, frotándose la ceja izquierda con expresión dolorida. Rápidamente, se agachó a su lado y posó la mano en su tobillo.



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