– Hum… -musitó Pete, dejando que su mirada vagara por su cuerpo y deteniéndose significativamente en los botones de la blusa. Podría desabrochárselos en cuestión de segundos. En alguna parte, bajo aquella anodina indumentaria se escondía un cuerpo de mujer que, por lo que él podía apreciar, no se merecía el ser encerrado en tan conservador disfraz. Pete apretó los puños, descartó rápidamente aquella idea y volvió a mirarla a la cara.

Nora se frotó el ojo y tomó aire. Cuando intentó levantarse, Pete posó la mano en su hombro para que volviera a sentarse.

– No se mueva. Déjeme ver eso.

– ¿Estoy sangrando?

Pete fijó la mirada en sus ojos. En aquellos ojos tan increíblemente azules. ¿Por qué no se habría fijado antes en ellos? Eran unos ojos grandes e inocentes. Tentadores. Fascinantes. Se agolpaban en su mente toda suerte de adjetivos. Un hombre podría perderse en aquellos ojos. Por un momento, no fue capaz de concentrarse en otra cosa que no fuera el batir de sus pestañas, o la forma en la que aquel pelo rubio como la miel caía por su frente. Nora se aclaró la garganta otra vez, arrastrándolo de nuevo a la realidad.

– No, no estás sangrando. Y el moratón no tiene muy mal aspecto. Solo está de color negro y azul.

– ¿Negro y azul? -gimió Nora. -No puede ser.

Pete se encogió de hombros. Después miró el moratón más de cerca.

– Puedes ponerte un poco de maquillaje, así no se notará.

– Pero… ¡pero no puedo tener un ojo morado!

Pete fue incapaz de contener una carcajada.

– ¿Por qué? ¿Tienes una ardiente cita esta noche? -cuando vio el sonrojo que tiñó las mejillas de Nora, se maldijo en silencio. -Lo siento, no debería haberme reído.

– No, no debería -musitó. -Ha sido muy grosero.

– Jamás habría pensado que tú, quiero decir… que Prudence… Bueno, ya sabes lo que quiero decir. Jamás habría pensado que Prudence tuviera una vida social que fuera más allá de dedicarse a hacer ganchillo o jugar a las cartas.



6 из 149