
Greg la siguió tratándola como a una hermana menor, aunque en ocasiones, ella lo descubría mirándola con cierta intensidad y Kasey temblaba de felicidad, resignada a dejar que él marcara el ritmo de su relación.
¡Relación! ¿Qué relación?, se dijo Kasey con desdeñosa ironía. Había ido a la escuela superior que su padre le había indicado, convencida de que al volver, adulta ya, Greg admitiría que la amaba y le pediría que se casaran.
Pero nunca había sospechado que durante todo aquel tiempo Greg había estado pensando en casarse con Paula.
Se le hizo un nudo en la garganta y los ojos se le llenaron de lágrimas. Suspiró y volvió a ser consciente del lugar en el que se encontraba. El desconocido que estaba frente a ella continuaba mirándola. ¿La había estado observando durante todo aquel tiempo? ¿Se habría dado cuenta del dolor que la embargaba?
Se obligó a volverse hacia el joven que estaba a su lado para entablar conversación. Pero por el rabillo del ojo observó que el hombre que estaba sentado frente a ella se levantaba y se dirigía hacia la barra.
En efecto era alto, observó al seguirle con la mirada.
Al poco rato, volvió a la mesa con dos copas y dejó una delante de Kasey. Ella lo miró, deseando poder rechazar la copa, pero no deseaba crear una situación molesta. Además, el resto del grupo les estaba observando con curiosidad.
Kasey dio un sorbo a la bebida y luego miró asombrada al desconocido. El líquido incoloro, efervescente, era una simple limonada. ¿Pensaría aquel tipo que había bebido demasiado? ¡Qué insolente!
– Nos vamos a conocer la discoteca que acaban de inaugurar -dijo Anna, apartando su silla-. ¿Quieres acompañarnos? -le preguntó a Kasey.
Kasey estaba terriblemente cansada. En aquel momento lo único que le apetecía era el olvido que le proporcionaría el sueño. Se puso de pie y tuvo la desagradable sensación de que todo le daba vueltas.
