
Kasey era alta; sabía que su melena rojiza y sedosa era un marco excelente para su rostro impecable, cuya tez marfileña era la envidia de todas sus amigas. Sus ojos verdes armonizaban a la perfección con el color de su pelo.
– Oh, Kasey, es maravilloso tenerte en mis brazos -susurró Greg, acariciándole la espalda por debajo de la camiseta.
– Greg -musitó Kasey.
– Déjame abrazarte, mi amor. He estado pensando en ti todos estos meses. ¿Por qué te fuiste sin despedirte de mí?
– ¿Por qué? Pero, Greg, ¿cómo podía quedarme después de lo que me dijiste?
– Kasey, cariño, no quería hacerte daño -la miró con sus enormes ojos azules-. Sé que no debería estar aquí. Todo el mundo cree que estoy en la feria de ganado. Pero te he echado de menos terriblemente. Tenía que verte.
– ¡Oh, Greg! Yo también te he echado de menos. Abrázame fuerte.
Greg volvió a besar a la joven en los labios. Kasey le devolvió el beso con todo el ardor de sus tres meses de soledad, con toda su ansiedad y su nostalgia.
La pasión iba en aumento y aunque algo le advertía a Kasey que no debía dejarse llevar por aquel sentimiento, se negaba a ser prudente. Estaba con Greg, el hombre al que había amado toda su vida.
Sin saber cómo, llegaron a la habitación, sin embargo, en cuanto se tumbó en la cama, recobró algo de cordura.
– Greg… no, no podemos… -susurró con voz trémula.
Greg le quitó la camiseta y trazó un camino de besos por la cremosa piel de Kasey.
– Qué piel tan suave, Kasey. ¡He soñado tantas veces con este momento! -buscó con ansiedad el broche del sostén.
– Yo también -murmuró ella, se incorporó un poco y dejó sus senos al descubierto.
Greg se apoderó de uno de sus senos y la miró con ojos encendidos de pasión.
