– Correcto, sir Toby.

– ¿Es también cierto -continuó el distinguido QC- que cuando su tesis fue presentada ante el tribunal, suscitó tal interés que fue publicada por la Harvard University Press y ahora es lectura obligatoria para cualquiera que desee especializarse en ciencia forense?

– Es muy amable por su parte decirlo -dijo Harry, dando pie a Toby para su siguiente frase.

– Pero no fui yo quien lo dijo -contestó sir Toby, al tiempo que se alzaba en toda su estatura y miraba al jurado-. Esas fueron las palabras, nada más y nada menos, del juez Daniel Webster, miembro del Tribunal Supremo de los Estados Unidos. Pero permítame que prosiga. Después de abandonar Harvard y regresar a Inglaterra, ¿sería correcto decir que la Universidad de Oxford trató de tentarle de nuevo, ofreciéndole la primera cátedra de Ciencia Forense, pero usted les rechazó por segunda vez, y prefirió volver a su alma máter, primero como conferenciante y después como profesor?

– Es correcto, sir Toby -dijo Harry.

– ¿Un puesto en el que ha permanecido durante los últimos once años, pese al hecho de que varias universidades de todo el mundo le han hecho lucrativas ofertas para abandonar su amado Yorkshire y engrosar sus filas?

Llegado a aquel punto, el juez Fenton, que ya lo había escuchado todo antes, bajó la vista y dijo:

– Creo que puedo afirmar, sir Toby, que ha establecido el hecho de que su testigo es un eminente experto en el campo de su especialidad. Me pregunto si podríamos ceñirnos ya al caso que nos ocupa.

– Con sumo placer, señor, sobre todo después de sus generosas palabras. No será necesario acumular más elogios sobre los hombros del buen profesor.

A sir Toby le habría encantado confesar al juez que había llegado al final de sus comentarios preliminares momentos antes de que le interrumpiera.

– Por consiguiente, y con su permiso, señor, me ceñiré a nuestro caso, ahora que admite que he establecido las credenciales de este testigo en particular.



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