Soberbia, si una admiraba el lujo, pensó Wendy, contrariada. Y ese no era su caso. Aquel hombre y su coche parecían salidos de las páginas de la revista bogue. Ella podría pagar más de un mes de su futuro alquiler solo con lo que debía de costar su chaqueta. La idea le hizo arrugar el ceño mientras se dirigía hacia la puerta. Quizá pudiera tomarse una pequeña revancha al indicarle la dirección. Sonrió por primera vez aquel día, acarició los rizos pelirrojos de Gabbie, y cruzó el vestíbulo.

– Hola -dijo, abriendo del todo la puerta y componiendo una sonrisa de bienvenida-. ¿Qué puedo hacer por usted?

– Espero que pueda librarme de una carga -respondió él-. ¿Es aquí donde se deja a los bebés?

Silencio.

Wendy lo miró fijamente. Aquel hombre, con su sonrisa de modelo, preguntaba si podía dejar a un bebé como si se dispusiera a entregar un paquete. Sus ojos verdes brillaban seductoramente, a juego con su sonrisa. Parecía acostumbrado a hacer lo que se le antojaba, pensó Wendy. Tenía una sonrisa maravillosa. Una sonrisa de esas que la empujaban a una a hacer cosas que no quería hacer, y que la hizo retroceder unos pasos, desconfiada.

– Me temo que no lo entiendo -dijo, perpleja.

– Me han dicho que esto es un orfanato -su sonrisa vaciló un poco-. La señal de ahí afuera dice «Hogar Infantil de Bay Beach».

Tenía razón. Y, como si quisiera dársela, Gabbie apareció en ese momento junto a Wendy. Sin decir nada, la niña se agarró a la falda de Wendy, se metió el pulgar en la boca y se quedó mirando al hombre.



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