
Finalmente, sin embargo, Wendy ordenó parar.
– Bien. Tenemos una habitación y un cuarto de estar limpios. Más o menos. Ahora, hay que cenar.
– Cenar… -Luke se sentó en el suelo y contempló el resultado de sus esfuerzos con una especie de orgullo desinteresado.
La habitación de Gabbie tenía buen aspecto. Habían desencajado las dos ventanas intactas y desde ellas se veía el mar. Luke tenía la impresión de haber retrocedido veinte años. Había dormido muchas veces en aquella habitación, recordó. Su habitación oficial era una de las grandes de la parte frontal de la casa, pero la habitación contigua a aquella había sido la de su madre y, a veces, él dormía en aquel cuartito cuando estaba enfermo, o cuando lo estaba su madre y él tenía miedo, o en los días anteriores a su partida hacia el internado. Le gustaba aquella habitación porque podía hablar con su madre hasta que se quedaba dormido. Eso era lo mejor…
La cama estaba cubierta otra vez con una colcha bordada que recordaba haber visto hacer a su madre y a su abuela, y había un cuadro en la pared que su abuelo había comprado. Al abuelo le habría gustado que Gabbie durmiera bajo aquel cuadro, decidió Luke, y sorprendió a Wendy mirándolo con una expresión extraña. Como si;adivinara lo que estaba pensando.
Pero ella no dijo nada. En lugar de eso, le dirigió una sonrisa burlona.
– ¿Durmiéndose en los laureles, señor Grey?
– No sé por qué no -respondió él, molesto-. Creo que me lo merezco -levantó las manos-. Mire. ¡Ampollas! Tengo las manos de una fregona, señorita. Y…
– ¿Y?
– Tengo hambre.
En realidad, estaba muerto de hambre. Pero no había comida en la casa.
– Todo está arreglado -Wendy sonrió más ampliamente, y él la miró, sorprendido. Realmente, era una mujer extraordinaria-. Me he tomado la libertad…
– ¡Otra libertad! -gruñó él, poniéndose en pie y mirándose las manos con horror-. Mujer, si se toma alguna más…
