Si alguien le hubiera dicho a Luke cuando se había despertado aquella mañana que, en lugar de volar a Nueva York, se pasaría la tarde de rodillas con un cepillo de raíz en la mano y la nariz en el polvo, le habría contestado que estaba soñando.

Pero eso era justamente lo que había ocurrido. Wendy no lo dejó parar ni un momento. Mientras Grace dormitaba, lo puso a trabajar como si no hubiera más días y, con la etiqueta de «estúpido» zumbándole en las orejas, él apretó los dientes y obedeció.

La habitación que Gabbie había elegido era un cuartito diminuto adosado a un extremo de la casa. Las ventanas daban sobre el océano, pero la niña no lo había elegido por eso.

– Dime dónde vas a dormir tú -le había pedido a Wendy, y esta había asentido y había elegido cuidadosamente la habitación cuya puerta interior daba a aquel cuartito.

– Así podremos dormir con las puertas abiertas y hablar -le había susurrado a Gabbie, y Luke se había preguntado, no por primera vez, qué había detrás del terror de aquella niña.

Aunque no había tenido mucho tiempo para hacerse preguntas.

– No nos iremos a la cama hasta que la habitación de Gabbie quede perfecta -decretó Wendy, y, mientras él fregaba, ella salió al exterior llevando sábanas, mantas, alfombras y cortinas para colgarlas en el viejo tendedero. Armó a Gabbie con una escoba, se buscó una más grande para ella, y las dos juntas comenzaron a librar a toda aquella ropa de generaciones y generaciones de polvo.

Después de airear las mantas a la brisa del mar y de inspeccionar el trabajo de Luke, Wendy decretó la recogida de la ropa. Tuvo a Gabbie entrando y saliendo con almohadas sobre la cabeza, y puso a fregar a Luke como si su vida dependiera de ello.

Aquella no era una relación jefe-empleada, se dijo Luke amargamente. Y, si lo era, estaba claro quién era el jefe. Y, desde luego, no era él.



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