Dios santo. Riley no. Todo menos eso. Después de tanto tiempo, ¿no se podía dejar descansar su reputación de joven y enloquecida adolescente?

– Yo no estaba exactamente enamorada de él -comentó Gracie, preguntándose por qué había accedido a regresar a casa después de todo aquel tiempo. Sí, claro. Por la boda de su hermana pequeña.

– Erais un testamento del amor verdadero – afirmó Eunice-. Deberías estar orgullosa. Amabas a ese muchacho con todo tu corazón y no te asustaba demostrarlo. Para eso hace falta un valor especial.

“O una locura especial”, pensó Gracie mientras sonreía débilmente. Pobre Riley. Había convertido su vida en un infierno.

– Y ese periodista escribió tu historia en el periódico de la ciudad para que todo el mundo la conociera -añadió Eunice-. Eras famosa.

– Yo más bien diría que infame -musitó Gracie, recordando la humillación que había sentido al leer sobre su enamoriscamiento de Riley durante el desayuno.

– La parte favorita de Wilma es cuando clavaste las puertas y ventanas de su vecina para que no pudiera salir con él. Estuvo muy bien, aunque mi favorita es cuando te tumbaste delante de su coche ahí mismo -recordó Eunice señalando el asfalto que había delante de su casa-. Yo lo vi todo. Le dijiste que lo amabas demasiado como para permitir que se casara con Pam y que si él iba a seguir adelante con el compromiso, lo mejor era que te atropellara para evitarte tanto sufrimiento.

– Sí, ésa estuvo muy bien -gruñó Gracie. ¿Por qué el resto del mundo quería olvidarse de las humillaciones de su propia infancia para hablar sólo de las de ella?-. Supongo que le debo a Riley una disculpa.

– Ha regresado a la ciudad -dijo Eunice alegremente-. ¿Lo sabías?

Todo el mundo con el que se había encontrado en los dos últimos días se había encargado de decírselo,



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