
– Dijo algo sobre unas rebajas especiales en la tienda -dijo Gracie, tomando asiento-. Se suponía que tú debías de estar ayudándola con eso.
– Lo sé. Es culpa mía por haber elegido un vestido de novia de tres mil dólares. Tenía que elegir entre cargarme el presupuesto con el vestido y no dar nada que comer a los invitados o contribuir -observó con una sonrisa-. Al menos, voy a sacar un fabuloso pastel de boda completamente gratis.
– Qué suerte tienes.
Como hermana de la novia, Gracie había ofrecido una de sus obras de arte para el banquete. Miró el calendario que había en la pared, Faltaban exactamente cinco semanas para la boda. Una mujer más inteligente se habría mantenido oculta hasta el último momento y luego se habría presentado con el pastel, se habría divertido con la celebración y se habría marchado. Sin embargo, las frenéticas llamadas de su madre, de Vivían y de Alexis, su otra hermana, le habían provocado suficiente sentimiento de culpabilidad como para que accediera a regresar y a colaborar con los preparativos.
– En mi opinión, eso no es divertirse -murmuró,
– ¿Te ha dicho la señora Baxter que Riley Whitefield está de nuevo en la ciudad? -preguntó Vivian con una sonrisa en los labios.
– ¿No tenías que estar en alguna parte?
Vivían se echó a reír y se marchó corriendo hacia las escaleras.
Gracie observó cómo su hermana se marchaba. Entonces, abrió el periódico y se preparó para una tranquila mañana de sábado. Aquella tarde se iba a mudar a la casa que había alquilado para las seis semanas que iba a estar allí, pero, hasta aquel momento, no tenía nada en lo que ocupar el tiempo más que…
La puerta trasera se abrió de par en par.
– Estupendo. Estás levantada -dijo Alexis, que era tres años mayor que Gracie-. ¿Dónde está Vivian?
