
Se marchó por la puerta trasera. Un minuto más tarde, se escuchó el motor de un coche. Alexis se levantó y se acercó a la ventana.
– Ya se ha marchado. ¿Dónde estábamos?
– Me estabas diciendo que tu marido ahora trabaja para Riley Whitefield. ¿Cómo ha sido eso?
– Después de la universidad, Zeke se pasó dos años trabajando para un senador de Arizona. Yo estaba en Arizona y él… Dios, de eso hace toda una vida -susurró Alexis, con una sonrisa-. No me puedo creer que él sea capaz de esto. Lo amo mucho y creía que él… ¿Qué voy a hacer?
Gracie tenía la extraña sensación de estar atrapada en medio de una casa de espejos. Nada era lo que parecía y aún no había sido capaz de encontrar la salida.
Alexis y Vivian eran sus hermanas. Su familia. Se parecían tanto que nadie pasaría por alto el vínculo que había entre ellas. Cabello largo y rubio, grandes ojos azules y la misma constitución. Sin embargo, Gracie llevaba media vida ejerciendo sus deberes de hermana desde la distancia. No sabía cómo intercambiar confidencias ni dar consejos sin un poco de calentamiento.
– No puedes estar completamente segura de que Zeke esté haciendo algo. Tal vez sea por la campaña…
– No lo sé, pero tengo la intención de descubrirlo.
– Sé que voy a odiarme a mí misma por preguntar -dijo Gracie con una extraña sensación en el estómago-, pero, ¿cómo?
– Espiándolo. Se supone que esta noche tiene una reunión con Riley y yo voy a estar presente.
– No me parece que sea una buena idea. Confía en mí. Hablo por experiencia. Por experiencia con Riley.
– Voy a hacerlo -insistió Alexis con los ojos llenos de lágrimas-, y necesito tu ayuda.
– No, no, Alexis. No puedo hacerlo. Ni tú tampoco. Esto es una locura.
Las lágrimas comenzaron a rodar por las mejillas de su hermana. El dolor le oscurecía los ojos. Alexis era en aquellos momentos la personificación de la agonía y Gracie no sabía cómo enfrentarse a aquella sensación.
