– Eso sólo puede conducir al desastre -insistió-. No pienso formar parte de algo así.

– Yo… lo comprendo -musitó Alexis con voz temblorosa.

– Bien, porque no pienso acompañarte.


Aquella noche, Gracie se encontró siguiendo a su hermana a lo largo de un seto que había al este de una enorme casa. No se trataba de una casa cualquiera. Era la mansión de la familia Whitefield, hogar de muchas generaciones de acaudalados Whitefield y, en aquellos momentos el hogar de Riley.

– Esto es una locura -susurró Gracie mientras Alexis y ella se agachaban a poca distancia de una ventana-. Dejé de espiar a Riley cuando tenía catorce años. No me puedo creer que lo esté haciendo otra vez.

– No estás espiando a Riley, sino a Zeke. Hay una gran diferencia.

– Dudo que Riley lo vea así si nos descubren.

– No nos descubrirán. ¿Te has traído la cámara?

Gracie sacó su Polaroid y se la mostró a su hermana.

– Prepárala -dijo Alexis-. La ventana de la biblioteca está a la vuelta de la esquina. Desde allí, deberías poder tomar una buena foto.

– ¿Y por qué no eres tú la que toma la fotografía?

– Porque yo voy a quedarme aquí para ver si sale alguna mujer corriendo por la puerta trasera.

– ¿No te parece que si Zeke estuviera teniendo una aventura se marcharía a un motel? -preguntó Gracie.

– No puede. Yo pago las facturas. Además, cuando estábamos saliendo, él le dejó a un amigo utilizar su apartamento para una cita. Estoy segura de que Riley está haciendo lo mismo por Zeke. ¿Quién celebra reuniones de campaña hasta las dos de la mañana?

En un cierto y alocado modo, parecía lógico. Gracie se dirigió hacia el lugar que Alexis le había indicado.

– Ni siquiera sabemos si están en la biblioteca -musitó.

– Zeke me ha dicho que siempre se reúnen allí Si de verdad están celebrando una reunión para la campaña, es allí donde se debería realizar.



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