Lois Mcmaster Bujold

Encantamiento

Capítulo 1

Fawn llegó a la casa del pozo un poco antes del mediodía. Más que una granja, menos que una posada, estaba situada cerca de la carretera recta que había estado recorriendo durante dos días. La explanada delantera estaba abierta a los viajeros, delimitada por un semicírculo de viejas casetas de troncos, con el prometido pozo cubierto en medio. Para disipar toda duda, alguien había clavado a uno de los postes un cartel con un dibujo del pozo, y debajo una lista de los productos que la granja vendía, con sus precios. Cada línea cuidadosamente escrita tenía debajo un dibujito y, al lado, hileras de círculos coloreados representando monedas, para quienes no podían leer las palabras ni los números. Fawn podía, y también sabía hacer cuentas, habilidades que le había enseñado su madre junto a cientos de otras tareas domésticas. Si soy tan lista, ¿qué hago metida en este embrollo? Frunció el ceño ante el inoportuno pensamiento.

Apretó los dientes y buscó el monedero en el bolsillo de su falda. No pesaba mucho, pero ciertamente podría comprar algo de pan. El pan le sentaría bien. Esa mañana había intentado comer el cordero seco que llevaba en la bolsa y había vomitado, otra vez, pero necesitaba algo que le ayudara a combatir la horrible fatiga que casi le impedía caminar, o nunca llegaría a Glassforge. Miró la explanada vacía y la campana de hierro con una cuerda colgando invitadoramente y luego alzó la vista hacia los ondulados campos más allá de los edificios. En una ladera distante, iluminada por el sol, más o menos una docena de personas recogía heno. Indecisa, rodeó la granja y llamó a la puerta de la cocina.

En el escalón, había un gato atigrado que la miró sin levantarse. La oronda tranquilidad del gato calmó a Fawn, así como el buen estado de las viejas tejas de la casa y de los cimientos de piedra, de modo que cuando una mujer de mediana edad abrió la puerta, el corazón de Fawn casi no latía acelerado.



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