—¿Sí, niña? —dijo la mujer.

No soy una niña, sólo soy baja, Fawn se tragó la frase; las arrugas en torno a los amistosos ojos de la mujer le decían que los años reales de Fawn le seguirían pareciendo pocos.

—¿Venden pan?

La granjera miró alrededor, vio que estaba sola.

—Sí; pasa.

Un ancho hogar a un extremo de la estancia la calentaba más que el verano, y estaba lleno de cazuelas colgando de ganchos de hierro. Apetitosos aromas de jamón con judías, maíz y pan y fruta cocida se mezclaban en el aire húmedo, la comida del mediodía en preparación para el grupo que cortaba heno. La granjera apartó el trapo que cubría una hilera de hogazas recién hechas en un día de trabajo que sin duda había empezado antes del alba. A pesar de sus náuseas, la boca de Fawn se hizo agua, y cogió una hogaza que la mujer le dijo que estaba amasada con miel y nueces. Fawn sacó una moneda, envolvió el pan en su pañuelo, y se lo llevó fuera. La mujer caminaba a su lado.

—El agua está buena y es gratis, pero la tendrás que sacar tú —le dijo, mientras Fawn arrancaba un trozo de pan y lo mordisqueaba—. El cazo está en el gancho. ¿Hacia dónde vas, niña?

—A Glassforge.

—¿Sola? —La mujer frunció el ceño—. ¿Tienes familia allí?

—Sí —mintió Fawn.

—Pues debería darles vergüenza. Hay rumores de un grupo de ladrones en el camino de Glassforge. No te deberían haber dejado ir sola.

—¿Hacia el sur o hacia el norte de la ciudad? —preguntó Fawn, preocupada.

—Hacia el sur, he oído, pero nadie dice que se vayan a quedar allí.

—Yo sólo voy hasta Glassforge. —Fawn puso el pan en el banco junto a su bolsa, quitó el pestillo de la manivela, y dejó caer el pozal hasta que se alzó un chapoteo que levantó ecos de las frescas paredes de piedra del pozo. Hizo girar la manivela.



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