Bueno, si esto va a donde parece que va, al menos no pueden dejarme embarazada. Gracias, estúpido Sunny Sawman. Como lado bueno, éste era un precipicio, pero tenía que conceder el punto. Odiaba los temblores de su cuerpo, que informaban de su miedo a su captor, pero no podía evitarlo. El idiota los adentró más en los bosques.

Dag se puso de pie en los estribos cuando los gritos distantes levantaron ecos en los árboles desde el ancho barranco, tan altos y fieros que apenas pudo distinguir palabras: ¡…paz! ¡Soltadme!

Espoleó su caballo a un trote, ignorando las ramas que les golpeaban y arañaban. Las extrañas marcas que había leído en la carretera un par de millas atrás se hicieron de golpe mucho más preocupantes. Había estado siguiendo a su presa al límite absoluto de su sentido esencial durante horas, mientras el agotamiento de la noche llenaba su cuerpo y su mente, esperando que le llevaran a la guarida de la malicia. Su sospecha de que se había añadido una nueva preocupación a su fardo le heló el vientre mientras los gritos continuaban.

Se asomó a un altozano y tomó un rápido atajo por una torrentera con el caballo casi patinando sobre los cuartos traseros. Su presa quedó por fin a la vista en un pequeño claro. ¿Qué…? Cerró la boca y se acercó al galope, sin preocuparse de no hacer ruido. Frenó a diez pasos, bajó de un salto, dejó que su mano realizara los movimientos de encordar y montar y asegurar su arco sin ser consciente de ello.

Estaba meridianamente claro que no estaba interrumpiendo los escarceos de nadie. El hombre de barro, arrodillado e inexpresivo, sujetaba los hombros de una figura que se debatía, oculta por su camarada. El otro hombre intentaba, a la vez, bajarse los pantalones y separar las piernas de la cautiva, que le pateaba valientemente. Maldijo cuando un pie pequeño hizo blanco.

¡Sujétala!

—No tiempo parar —gruñó el hombre de barro—. Hay que seguir. No tiempo para esto.



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