Todavía le zumbaban los oídos cuando la incorporaron y ataron, y luego la levantaron en vilo. El idiota se la dio al joven, que había vuelto a subir al caballo. Le empujó las faldas y la colocó erguida ante él, poniéndole los brazos en torno a la cintura. El sudoroso torso del caballo era cálido bajo sus piernas. El idiota tomó las riendas para guiarlos, y empezó a caminar de nuevo, más rápido.

—Así es mejor —dijo el hombre que la sujetaba, con su aliento agrio soplando en su oreja—. Siento que te pegara, pero no deberías haber intentado escapar de él. Ven, te lo pasarás mejor conmigo —una mano subió y le apretó un pecho—. Huh. Más madura de lo que pensé.

Fawn, jadeando y todavía temblando por el susto, se lamió un hilillo húmedo que le corría por la nariz. ¿Eran lágrimas, sangre, o ambas cosas? Tiró disimuladamente de la cuerda que le ataba dolorosamente las muñecas. Los nudos parecían muy apretados. Pensó si gritar más. No, podrían pegarle otra vez, o amordazarla. Mejor fingir estar aturdida, y si pasaban junto a alguien al alcance de la voz, aún estaría en posesión de su voz y sus piernas.

Este esperanzado plan duró diez minutos, cuando, antes de que nadie más apareciera, se salieron de la carretera por un camino escondido. La presa del hombre joven se había convertido en un abrazo casi indolente, y sus manos le recorrían el torso. Cuando empezaron a subir una cuesta, él se echó hacia delante cuando ella resbaló hacia atrás, apartó el hatillo, y le sujetó la espalda más estrechamente contra él, dejando que los movimientos del caballo les frotaran uno contra otro.

Por mucho que este flagrante interés la asustara, no estaba segura de que la indiferencia del idiota no la asustara más. El joven era perverso de maneras predecibles. El otro… ella no tenía ni idea de lo que pensaba, si es que pensaba algo.



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