
El hombre de barro lo vio; el miedo asomó a la cara abultada y abotargada. Con una sacudida llena de pánico, lanzó a la chica, que gritaba, hacia Dag, se dio la vuelta, y huyó.
Con el arco todavía entorpeciéndole el brazo izquierdo y el cuchillo en la mano derecha, Dag no tenía modo de cogerla; lo mejor que se le ocurrió fue abrir los brazos para que no resultara magullada o herida. Perdió el equilibrio con el impacto, y ambos cayeron al suelo.
Durante un instante ella quedó sobre él, sin aliento, la blandura de su cuerpo apretada contra él. Inhaló, emitió un gañido ahogado, y empezó a arañarle la cara. Él intentó encontrar palabras para calmarla, pero ella no se lo permitía; finalmente se vio obligado a soltar su arma y quitársela de encima. Con dos enemigos vivos aún en el terreno, tendría que lidiar con ella después. Rodó para alejarse, cogió su cuchillo, y se puso en pie de un salto.
El hombre de barro había trepado de nuevo al caballo del bandido. Dio un tirón a las riendas e intentó atropellar a Dag. Dag esquivó, empezó a dar la vuelta a su cuchillo para lanzarlo, lo pensó mejor, lo dejó caer de nuevo, metió la mano en su aljaba, que llevaba ahora al frente, y sacó una de sus pocas flechas restantes. La colocó, apuntó.
No.
Que la criatura siga corriendo, hasta la guarida. Dag podía recuperar la pista si tenía que hacerlo. Un prisionero herido pondría a prueba los límites de lo que podía manejar ahora mismo. Un prisionero al que, con toda seguridad, se le iba a hacer hablar. El caballo desapareció por la tenue pista que se alejaba del claro, paralela al curso de un arroyo cercano. Dag bajó el arco y miró alrededor.
El bandido humano también había desaparecido, pero por una vez rastrearlo no iba a ser un problema. Dag señaló a la chica, que ahora estaba de pie a unas pocas yardas y luchaba para reajustar su roto vestido azul.
