—Quédate ahí —siguió el rastro de sangre.

Más allá de un telón de arbolillos y matorral que circundaba el claro, las gotas de sangre se hicieron más grandes. Junto a los peñascos del arroyo, una figura yacía boca abajo y en silencio en un charco rojo, con los pantalones por las rodillas y la flecha de Dag apretada en la mano.

Demasiado quieta. Dag apretó los dientes. El hombre había intentado claramente sacarse el astil de la carne a la fuerza, y al hacerlo debía haberse cortado una arteria. ¡No era un tiro a matar, maldita sea! No tenía la intención de serlo. Buenas intenciones, ¿dónde nos hemos visto antes? Dag dio la vuelta al cuerpo con el pie. La pálida cara sin afeitar parecía terriblemente joven en la muerte, aun oscurecida por la suciedad. No se le podrían sacar respuestas a éste; ya había llegado a la última de sus traiciones.

—Dioses ausentes. Más niños. ¿No se acaban nunca? —musitó Dag.

Alzó la mirada y vio a la mujer-niña de pie a unas pocas yardas en el rastro de sangre, mirándolos a ambos. Tenía los ojos marrones y enormes, como una cierva aterrorizada. Al menos ya no gritaba. Miró frunciendo el ceño a su difunto atacante, y un Oh mudo se adivinó en sus labios magullados y mordidos. Un moretón lívido empezaba a aparecerle en un lado de la cara, subrayado por cuatro rojos surcos paralelos.

—¿Está muerto?

—Por desgracia. E innecesariamente. Si se hubiera quedado quieto y esperado ayuda, lo hubiera llevado prisionero.

Ella lo miró de arriba, y más arriba, a abajo, con miedo. La coronilla de su cabeza morena, cuando estaban juntos, le llegaba más o menos a la mitad del pecho, juzgó Dag. Azorado, escondió la mano del arco en su costado, un poco por detrás del muslo, y envainó su cuchillo.



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