
Detuvo el caballo frente a la casa, pasó una pierna sobre el cuello del animal, y bajó de un salto.
—Adelántate. Toma las riendas —dijo a Fawn—. No bajes aún.
Ella se adelantó desde su sitio sobre las alforjas, mirando alrededor con los ojos muy abiertos.
—¿Y tú?
—Voy a echar un vistazo.
Recorrió rápidamente la casa, una estructura de dos pisos con añadidos construidos sobre añadidos. El lugar parecía carente de todos los objetos pequeños de valor. Las cosas demasiado grandes para acarrear —camas, arcones— habían sido derribadas o partidas. Todas las ventanas de cristal estaban destrozadas. Dag sabía lo difícil que habría sido conseguir esas mejoras, la granjera ahorrando esperanzadamente para poder traerlas desde Glassforge, empaquetadas en paja por las carreteras llenas de roderas. La despensa de la cocina no contenía comida.
No había animales en el granero; quedaba heno, podía faltar algo de grano. Tras el granero, en el montón de estiércol, encontró por fin los cadáveres de tres perros de granja, destrozados a cuchilladas. Miró la caseta al pasar, los maderos chamuscados sobresaliendo de la ceniza como huesos negros. Alguien tendría que registrarlos buscando otros huesos, más tarde. Volvió a su caballo.
Fawn miraba inquieta a su alrededor a medida que se daba cuenta de los detalles. Dag se apoyó contra el cálido hombro de Mocasín y le pasó la mano por el pelaje.
—Este lugar ha sido saqueado por los bandidos, o por alguien, hace cosa de tres días, me parece —le dijo—. No hay cadáveres.
—Eso es bueno… ¿verdad? —dijo ella, con la inquietud creciendo en sus ojos oscuros al parecer a causa de la expresión que asomaba a su rostro. Él no podía creer que fuera otra cosa aparte de agotamiento.
