—¿Por qué son tan peligrosos los hombres de barro? —preguntó, mientras él recogía las riendas y se preparaba para montar de nuevo.

Él dudó durante un largo momento.

—Te devoran —dijo al fin. Cuando han terminado de hacer todo lo demás, claro.

—Oh.

Atemorizada, impresionada. Y, lo que era más importante, le creyó. Bueno, no había sido una mentira. Quizá haría que tuviera cuidado. Encontró el estribo y se aupó, intentando no pensar demasiado en el contraste entre la dura silla y una cama de plumas. Quedaba un colchón de plumas intacto en la granja. Se había fijado especialmente, apartando de su mente la fantasía de caer de bruces sobre él. Hizo girar al caballo.

—¿Dag…?

Se volvió de inmediato, mirando por encima del hombro. Grandes ojos marrones le miraron desde una cara como una flor maltrecha.

—No dejes que te devoren a ti.

Sus labios se curvaron hacia arriba involuntariamente; ella le dedicó una brillante sonrisa por debajo de las contusiones. Le provocó una curiosa sensación en el estómago, que prudentemente decidió no identificar. Envalentonado pese a todo, alzó su mano tallada en un saludo y galopó de vuelta al sendero.

Sintiéndose abandonada, Fawn vio desaparecer al patrullero por el túnel de árboles en la linde de los campos. El silencio de los edificios, vacíos de gente y animales, era fantasmagórico y opresivo, cuando fue consciente de él. Miró hacia arriba. El sol todavía no había llegado a su cénit. Parecía que habían pasado años desde el alba.

Suspiró y entró en la casa. La recorrió entera, levantando ecos con sus pisadas, sintiéndose como si estuviera irrumpiendo en el duelo de un extraño. El caos dejado por los bandidos parecía demasiado, visto todo de una vez. Volvió a la cocina y se quedó allí, temblando un poco. Bueno, si la casa era demasiado, ¿qué había de una sola habitación? Puedo arreglar una habitación, sí.



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