Se dispuso a ello y empezó por enderezar todo lo que aún aguantaría en pie, el estante y la mesa y un par de sillas. Lo irreparable lo sacó, apilándolo en una esquina del porche. Luego barrió el suelo de platos y cristales rotos, y de harina derramada y comida reseca. Barrió el porche también, ya que estaba.

Bajo una alfombra vieja, ignorada por los invasores, encontró una trampilla con un asa de cuerda. Sacudió la alfombra en la baranda del porche, volvió, y miró preocupada la trampilla. Me parece que Dag no vio esto.

Se mordió el labio, luego cogió un cubo con el asa rota que había fuera, recogió algunas brasas ardientes de los restos de la caseta (o lo que hubiera sido), y los usó para encender un pequeño fuego en el hogar de la cocina. Encendió con él un cabo de vela que encontró al fondo de un cajón. Levantó la trampilla, estremeciéndose cuando las bisagras chirriaron, tragó saliva y miró la escala que descendía a la negra oquedad. ¿Podría haber alguien aún escondido allí abajo? ¿Arañas enormes…? ¿Cadáveres? Respiró hondo y bajó.

Cuando se dio la vuelta y alzó la vela, sus labios se abrieron con asombro. El sótano estaba forrado de estanterías, y en ellas, intactas, había hileras e hileras de frascos de cristal, muchos de ellos sellados con lacre y cubiertos de tela sujeta con cordeles. Una despensa para una granja llena de gente hambrienta. Un año de trabajo bien alineado; Fawn sabía exactamente cuánto trabajo suponía, también, porque hacer las conservas y sellarlas había sido una de sus tareas más satisfactorias en casa. Ninguno de los frascos estaba etiquetado, pero no tuvo dificultad en identificar sus contenidos. Fruta en conserva. Pepinillos. Maíz agridulce. Carne en adobo. Un barril en una esquina resultó contener varios sacos de harina. Otro estaba lleno de las manzanas de la cosecha del año pasado, acolchadas con paja, ya muy arrugadas y sólo aptas para cocinar, pero no podridas. Se sintió animada e impulsada a la acción.



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