
—Oh, me parece que esto sí. Son las reglas. El mérito es para el que lo hace, por torpe que sea el método. Felicidades, Chispita. Acabas de salvar el mundo. Mi patrulla estará muy contenta.
Hubiera pensado que le estaba tomando el pelo sin piedad, pero aunque sus palabras parecían alocadas, su tono de voz era sereno y perfectamente serio. Y sus ojos se posaron cálidos sobre ella, sin el más mínimo atisbo de… malicia.
—Quizá es que estás loco —dijo ella enfurruñada—, y por eso nada de lo que dices tiene sentido.
—No sería una sorpresa si lo estoy —dijo él plácidamente. Gruñendo por el esfuerzo, giró y se puso de rodillas, equilibrándose con la mano. Abrió la mandíbula como para estirar el rostro, como si se le hubiera quedado adormecido, y parpadeó lentamente—. Tengo que salir de esta tierra muerta. Está desbaratando mi sentido esencial de mala manera.
—¿Tu qué?
—Lo explicaré más tarde —suspiró— también. Explicaré todo lo que quieras. Te lo debemos, Chispita. Te debemos el mundo —tras una pausa reflexiva, añadió—: También a mucha gente más. No cambia el asunto.
Alargó de nuevo la mano hacia el cuchillo intacto, luego se detuvo, y su expresión se cerró.
—¿Querrías hacerme un favor? Coge eso y llévalo en mi lugar. La empuñadura y los trozos del otro también. Hay que enterrarlo adecuadamente, más tarde.
Fawn intentó no mirar su muñón, que era rosa y abultado j y parecía magullado.
—Por supuesto. Por supuesto. ¿Te han roto la cosa esa para tu mano?
Vio el saquito a unos pocos pies y gateó para recogerlo. No estaba segura de poder tenerse en pie. Recogió los fragmentos en la manga rota de Dag y deslizó el cuchillo intacto en su funda.
Él se frotó el brazo izquierdo.
—Me temo que sí. No se debe arrancar así, en ningún caso. Diría lo arreglará, se le da bien el cuero. No sería la primera vez.
